Anotación al margen de las historias de amor

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Dead Hearts – Stars

Son esas historias de amor, ilusas y con banda sonora, las que me hacen sentir como aquel día. Puedes reírte de mí y llamarme crío, puedes decirme que madure, que me deje de tonterías, pero he pasado demasiado tiempo conviviendo con esto que siento para saber lo que es. De hecho, si quieres saber la verdad, tuve que madurar para aceptar lo que es.

Supongo que es algo que se aprende, que si te pasas media vida inmerso en y fascinado por esas idealizadas relaciones, esos abrazos y besos, terminas asimilándolos y viviendo así. Puede que sea algo infantil, o algo por lo que compadecerse, igual que uno se compadece de aquél que no sabe de qué va el mundo y se sorprende cuando le golpea en el estómago. Quizá sea así, pero eso no lo hace menos real. Si te digo que es amor deberías creerme. He sufrido meses, amontonados en años, intentando quitarle importancia en una lucha absurda conmigo mismo de la que no podía escapar, hasta que comprendí que no podía seguir negándome.

Sólo tengo unos pocos minutos por aquí, unas cuantas horas por allí, con los que sentir algún tipo de consuelo. Eso y las películas, que me permiten reproducir ese sentimiento como si estuviese volviendo a ocurrir. Esa inmadurez que tanta gracia te hace, esa patética inocencia que me convierte en poco más que un necio, es todo lo que soy, todo lo que me queda. Déjame al menos tenerlo.

Nuestra hoguera

https://soundcloud.com/lbonin1/until-we-get-there

Te diste la vuelta entre la oscuridad y pude ver la tenue y anaranjada luz de la hoguera perfilando tus sonrientes labios, tus ebrias mejillas y tus relucientes ojos. Lo único que había en tu rostro era una profunda felicidad, la seguridad de que aquello era lo que querías. Tu flequillo se abría ladeado, haciendo que tus ojos parecieran inmensos, y tus pequeñas orejas despuntaban graciosas entre tu alborotado pelo. Gotas de éxtasis caían por tu cuello, repletas de bailes entregados y ardiente despreocupación. Los tirantes de tu holgada camiseta caían exhaustos besando tus hombros y toda ella se movía con el leve viento que corría entre nosotros y el resto del universo. Tus piernas cruzadas, con tus delicados pies de puntillas, querían seguir saltando y corriendo y viviendo el ritmo de la tierra, el fuego, las risas. Tu figura resaltaba contra el negro azulado del bosque y la noche, insinuándose ilusoria y delirante.

Yo notaba las copas y la vida quemándome las entrañas, mis pensamientos dispersándose hacia ti. Las voces que quedaban detrás de nosotros se iban difuminando, las consecuencias desaparecían con cada segundo que seguías allí expectante. El aire, aunque apresurado y atragantado, entraba a unos pulmones más limpios; mi mente barría el dolor de sus más escondidos recovecos. Me sentía liviano y sin ataduras. Libre de mí mismo. Exhalaba mi oscuridad en cada feliz suspiro. Me disparaste una mirada y comenzaste a moverte, y mis pies se movieron con los tuyos en una armonía que iba formándose en nuestros anhelos. Nos adentramos en el bosque, y a pesar de los frondosos árboles podía verte y sentirte, pues resplandecíamos el uno para el otro como luciérnagas en un absurdo pilla pilla. Dejamos de existir en nuestra dimensión y nos desperdigamos por infinitos universos, siguiéndonos y guiándonos entre no-lugares.

Vagamos por los mundos como niños sin conciencia, y la luna nos sorprendió perdidos en cien besos que contaron como uno solo, en caricias desnudas y palabras sordas. Retumbamos entre terremotos, tronamos entre tempestades, explotamos entre erupciones, y acabamos fusionados con las hojas y las ramas, las raíces y las piedras. Sonreímos absortos en nuestro yo, pues lo éramos todo y lo abarcábamos todo. Vimos estrellas de galaxias imposibles, sonrisas en rostros prehistóricos, amores en almas extrañas e incomprensibles. No nos hizo falta el aliento pues éramos oxígeno y carbono, no pasamos hambre o sed pues éramos carne y agua. Corrimos entrelazados al amanecer, y la luna, cansada, cedió el testigo al sol, el cual no creyó su alucinada historia de amor.

Con la luz nos costó reconocernos, pues la piel se nos había hecho extraña tras habernos deseado sin artificios. Sin embargo, al vernos reflejados en la pupila del otro, comprendimos que ya sólo nos quedaba abrazarnos y dejar que el sol nos volviese reales, tangibles. Que el delirio de la noche se asentase y nos transformase, que nuestra deslumbrante mirada se grabase en nuestras retinas y se imprimiese en nuestros huesos. De esta forma nunca podríamos olvidar que existió el amor, que trascendimos. Sabríamos que siempre hay algo más: sentimientos intransferibles que experimentamos juntos, sabores inventados por tu lengua y la mía. Sabríamos que fuimos nosotros, que fuimos uno, que fuimos niños y dioses. Sabríamos, con una certeza que jamás pensamos posible, que nos quisimos. Y al fin, purgados y en paz, podríamos ser felices.

Más de mes y medio después

Cuarenta y nueve días después el mundo era gris y demasiado brillante. Quemaba mis pupilas. La luz había perdido su magia y las nubes gritaban chirriantes. La gente me rodeaba y me aplastaba y yo me sentía fuera de lugar. Ojos que acababan de aprender a resplandecer me miraban afilados, desconectados de mi mundo. Todos ellos, masa compacta y extraña, sonreían con muecas que no supe interpretar. Me asfixiaban desde una realidad alternativa que iba devorando la que conocía.

El viento ahora viaja por delante, muy adelante, dejando atrás mi pelo grasiento, mi barriga inflada y mis ojos caídos. Sobre él bailan y saltan las nuevas personas, sintiendo de una manera completamente distinta a la mía. Cuando llego sólo queda el rastro de su sudor, el rumor de sus gritos. Allá, en el cielo, cabalgan las corrientes de aire entre las estrellas. Divertidos. Inadvertidos.

Me muevo muy despacio en un arrastre meditado de mis miserias. Al menos no hay nadie para verlo. Siento el peso del atardecer, la presión del sol primigenio. Todo peso. Todo suelo. Me quedo sordo pero el mundo cada vez es más ruidoso. Mis manos se llenan de callos, mis piernas se vuelven débiles y marchitas. Quebradizas.

Adjetivo. Tras. Adjetivo. Demasiadas palabras juntas causan dolor de cabeza. El martirio del pensamiento. La anulación de la consciencia deshilvanada. Rayos en el envés de mis párpados.

Tu olor me recuerda a alguien perdido en mi memoria. Alguien que deseé. Y por ende te deseo. Aunque sea un deseo desplazado, es suficiente. Dime, colonia, de quién eres. Dime quién fue ella, la verdadera, no esta madre adoptiva que te roba los recuerdos. Me traes tormentas y aparecen charcos que me dificultan mi movimiento de reptil.

El viento vuelve y deja a las nuevas personas a mi alrededor, otra vez. Se cuidan mucho de no pisarme. Notan mi presencia de soslayo, como algo amenazante que deben evitar. Se besan y se abrazan. Se desnudan y se aman. Se funden en cien orgasmos de distinta tonalidad. Me pierdo, ya no soy suelo, soy el hidrógeno del aire. Estoy en Nada y en Todo. Se me olvida el camino de vuelta molécula a molécula. De átomo a ser humano.

No sé qué soy ni dónde estoy. Floto en mí mismo. Líquido. Estasis. Me disuelvo mientras busco la indeterminación.

Dónde está ese salvavidas.

Dónde está mi vida.

 

Infrahumanos

Recoge el hedor de mis pupilas. Supurantes, putefractas. De iris grises exhalan mis sentimientos más profundos, esos de odio, egoísmo y traición, los que me conforman desde las entrañas. Atesora la locura inherente en mis palabras, guárdala en una caja hasta que ya apenas entre más, de forma que puedas usarla de bomba. Lánzala contra las estructuras, las convenciones, los cimientos. Úsalo para destrozar lo que me convirtió en lo que soy. Destruye el mal con más mal, dale la vuelta a los conceptos y convierte la paradoja en posibilidad. Pero no te dejes infectar.

Mi aliento te atrapará si le dejas. Como ese olor horrible que no puedes dejar de esnifar. Te contaminará y te seducirá, hasta que pases del disgusto a la indiferencia, y de ahí al disfrute. Será un placer morboso, retorcido y cruel que se expandirá por todo lo que crees que eres hasta convertirte en un infrahumano. En mí.

Sé que te sabes convencida, fuerte; que tus ideales parecen estar bien construidos, unos cerca de otros, prestándose apoyo y sosteniendo la carga de tus acciones; que podrás aguantarlo todo. Pero no este veneno. Es demasiado amargo y corrosivo, demasiado agresivo. Nadie está preparado para él, para la manera en la que se instala en tu corazón, marchitándolo para después congelarlo en su decrepitud. Nadie sabe cómo es el lento proceso que sufre tu cerebro, cómo esos pensamientos absurdos y psicopáticos que antes pasaban de largo ahora se quedan, creciendo hasta ser lo único en lo que puedes pensar. Nadie comprende que cualquiera puede caer en ese abismo, que es como si un agujero negro te succionase y te lanzase a un mundo paralelo en el que todo es igual, todo menos tú mismo.

Lo peor es cuando un día te levantas y te das cuenta de que has desaparecido. Cuando ves que se ha completado una transformación para la que no diste tu permiso y que ni siquiera te habías enterado de que estaba ocurriendo. Cuando te gritas, te insultas, te pegas, porque no quieres ser ese que ahora eres, si no el que antes eras, porque a lo poco que te queda de ti le repugnas. Las voces cesan al poco rato, pero ya siempre vives con ese pequeño pero indestructible tú que se encuentra en el núcleo de tu ser y que se encarga de recordarte lo que eres.

Por todo esto te aviso ahora, antes de que sea demasiado tarde. Ahora que todavía tienes una vida y sentimientos de bondad y generosidad. Aléjate y no sientas compasión alguna por mí, pues yo no la sentiré por ti si te quedas hasta que te destroce. Entiende que, ante todo, todo lo bueno que una vez fui capaz de hacer es ahora una utopía. No quieras ver en mí cosas que no existen, pues esto es lo que soy y lo que ya siempre seré. Huye, pues ya estoy queriendo devorarte.

Todo lo que nunca tuve y nunca perdí

Me faltan piezas. Fragmentos. Nada quizá que se note a primera vista si me esfuerzo, pero bastante evidente cuando dejo de hacerlo. Trozos de personalidad, de coherencia, de completitud, que simplemente no están. Soy un continuo simulacro que va robando todo lo que no encuentra pero debería encontrar. Cuando él estuvo triste ellos se mostraron comprensivos y compasivos. Cuando ella estaba feliz rieron con ella. A él le saludan con la mano, pero a ese otro él con un abrazo. Ellos se consideran amigos porque han creado cierta dependencia en sus vidas, en sus aficiones, en sus momentos buenos y malos. A ella nunca le preguntan por eso. Actos. Consecuencias. Relaciones de causalidad ante las que soy ciego. Tengo que parchearlas, fotocopiarlas. Construirlas con los restos de otras obras.

Busco desesperadamente formas de rellenar mi pasado, todo aquello que me salté. En libros, películas, series, revistas. Quizá si veo lo suficiente, si leo lo suficiente será como si lo hubiese vivido, quizá pueda aprender los sentimientos, los besos, las noches de sábanas revueltas, las relaciones, las rupturas, las locuras. Quizá pueda avanzar, hacer un sprint final que me devuelva al pelotón. Pero el tiempo corre demasiado rápido y el desfase no hace más que ampliarse, dejándome en un jet lag continuo. Las palabras ya no significan lo mismo y sus nuevos matices se me escapan. Los gestos y las miradas han cambiado, y yo apenas llegué a saberme los antiguos. Los pensamientos tienen otros colores, las voces otros sabores. Todo es tan confuso, la transformación tan profunda y tan gradualmente sutil, y ahora tan abrumadora, que ya he dejado de saber qué es real.

Ya sólo me quedan los juegos. Inventarme una vida de mensajes secretos en textos secretos. De sentimientos que no se apagaron y siguen en los puntos y en las comas. Jugar al cielo y a la luz. A las casas que nunca tendré. Imaginarme garitos en cámara lenta con música que jamás pondrían, divirtiéndome como nunca me divertiría. Pensar en la ausencia de responsabilidades. Crear personajes.

No entiendo las citas, ni el concepto de gustar a otras personas. No entiendo la conquista, ni el ir de frente. No entiendo dejarse de mariconadas, madurar, tener tacto, ser realista. Tampoco entiendo la falta de adornos, la crudeza, el no romanticismo. Ni aprender a ser feliz, esforzarse para nada, el dinero. Soy incapaz de comprender el así es la vida, acostúmbrate, esto es lo que hay, pues qué pretendes. Se me escapa el significado de la rutina, de los fines de semana, de las vacaciones, de las jornadas laborales. Estoy perdido y desconectado, intentando traducir un idioma que nunca antes había visto. No sé qué dicen, no sé que hacen ni qué ocurre, y mientras tanto seguiré viendo películas a ver si al menos así consigo completar mi puzzle.

Huecos

Sitios que ya no son nada, despojados de su significado. Sitios vacíos, sin aquéllos que les daban sentido. Usurpados, okupados por siluetas de personas, por gente cuya muerte no te haría sentir nada. Lugares especiales llenos de vivencias especiales que se desvanecen, en los que sólo queda un halo que se lleva el primer soplo de viento. Imposibles de recuperar. Violados. Poco a poco van deshaciéndose, uno tras otro, quitándote recuerdos, obligando a mantener alguna consistencia en tu pasado sin sus evocadores olores y sus saturados colores. Es curioso cómo se escurren entre tus dedos una vez que el proceso comienza; pensar que otro alguien está bañándose en átomos desprendidos de su cuerpo simplemente entrando en la habitación, sin ser consciente de ello, sin dar a ese sitio el sagrado tratamiento que se merece.

Cascarones. Llenos de aire y de veneno. Minas antipersona que plagan la ciudad. Desechos que mueven los labios y los ojos como seres humanos, pero ni hablan ni miran. Calles sembradas de soledad, ésa que sólo entre edificios llenos de gente puede existir. En el confín es dulce, serena. Te llena de aire libre de vicios, te salva de los brazos de la infelicidad. Caminas entre penitentes, perdiéndote en una multitud ajetreada. La música suena con fuerza, anulando el resto de sonidos. Sólo logras distinguir el rumor de la circulación, coches chocándose los unos con los otros con la esperanza de encontrar algo que de tan idealizado no existe. Y si existiese no importaría encontrarlo. Sólo chocar, sólo esperar. Eso es lo importante.

Hay algo en la boca de tu estómago. Algo que falta, o que sobra. Algo que llenar o expulsar lágrima a lágrima. Te despertaste y allí estaba. Golpearlo no sirvió de nada, y el médico dijo que en la radiografía todo estaba bien. Pero sabes que está ahí porque lo notas. Sabes lo que intenta decirte, pero no quieres escucharlo. Quieres creer que todo seguirá bien, que podrás seguir adelante sin pensar en ello. Pero el hueco es un hijo de puta y siempre vuelve. Se alimenta de tus entrañas, de tus pasiones e ilusiones, y cada vez que se retira saciado queda un poco menos de ti mismo bajo tu piel.

El piano y el escritor

Escribir como si tocases el piano. Pulsar el “Enter” con furia y aspavientos, en un gesto de virtuosismo que deje al público boquiabierto y con ganas de aplaudir. Tocar un párrafo tras otro, desde la impactante apertura hasta el certero final. Mover la cabeza de un lado a otro según las palabras van fluyendo en una melodía conocida y repetida cientos de veces. Tu estilo, tus frases, tus puntos y tus comas. Despeinarte en arrebatos de forzada afección. Creerte el centro de atención, ponerte en lo alto de un escenario ante cientos de fantasmas dispuestos a elogiar tu digitación.

Terminar y levantarte, teclado en mano, esperando una ovación que no llega. Hacer una reverencia al vacío de tu habitación y retirarte al salón. Descansar, arreglarte y coger una copa de champán para el cóctel. Salir a la calle al encuentro de los periodistas y de tus admiradores, los cuales describirán con exagerados adjetivos la belleza y perfección de tu actuación. Saludarles, darles la mano, aceptar sus comentarios y sus miradas extrañadas mientras caminas hasta la parada del autobús. Montarte en la limusina: grande, llena de asientos y gente. Mujeres de tez perfecta esperan, queriendo conseguir de ti algo que nunca tendrán. Elegir a una que te guste especialmente y besarla sin presentarte; es para lo que está allí. Escuchar su graciosa indignación, la pequeña obra de teatro que representa para aparentar dignidad. Aguantar sus quejidos hasta el final del trayecto.

Bajarte y observar la escolta policial que espera para llevarte hasta el hotel. Sonreír. Avanzar con paso firme ignorando los gritos, los brazos que intentan agarrarte. Entrar por la puerta de la comisaría y subir por las lujosas escaleras hasta tu suite. Disfrutar de las vistas, acomodarte. Sentirte, al fin, satisfecho.