La lucha

Escribir es una lucha con el teclado, sangrar cada palabra a través de unas desgastadas yemas. Por eso me gusta que se resista, que cada tecla necesite fuerza y presión, que su sonido llene la vacía habitación. Una vez leí sobre la armonía de las máquinas de escribir, su poesía, pero lo realmente importante era que imprimir cada letra sobre el papel costaba más que en el ordenador. Los errores eran más visibles, permanecían para recordarme dónde me había equivocado, y las correcciones eran sobreimpresiones, la “a” sobre la “o” una y otra vez hasta que apenas se notase. Ahí estaba la verdadera belleza, no en un ruido romantizado, consecuencia sonora de la batalla que se estaba librando.

Cada pensamiento es un arma disparada, cada palabra un puñado de pólvora. A veces es sólo sangre manando a borbotones de una herida abierta; otras son veinte puñaladas, a traición, no las suficientes ni lo suficientemente bien colocadas para llevar a alguien a la muerte. El caos desplegándose, engullendo la voluntad y robando la voz. Y sin embargo, por encima de todo ello, un propósito, quizá desconocido incluso para mí, que lo ordena todo, que estructura y da sentido a un torrente de ideas. El deleite está en el sudor y el proceso, en el durante. Después habrá víctimas, siempre las hay, pero mientras tiene lugar, mientras las manos se mueven y escupen metralla, sólo la supervivencia importa. Sobrevivirme a los puntos y aparte, párrafo a párrafo, agarrándome del cuello, de los brazos, de la cintura. Intentar derribarme, levantarme al caer al suelo. Ser el guante y el saco de arena.

Es una lucha por uno mismo, por expresar algo que no tendría cabida con otra forma, cuyo significado se escapa al intentar retenerlo y que va marcándose sobre la fría piedra. Es la discusión evitada con otros, el espejo incorrupto, los miedos asumidos, la realidad indigerida. Una mezcla heterogénea de cientos de cosas distintas y a la vez ninguna de ellas, mezclándose a la fuerza, en constante tensión y rozamiento. Una apuesta por nada. Un recibo por todo.

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Sexo (o no)

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Miami – Jasper Byrne

Todo era sexo. Las faldas, los leggings, los escotes, los labios, pintados de rojo intenso, las gafas, las miradas. Todo era un polvo, una paja, unos segundos de imaginación desbocada. En el escaparete había una mujer en ropa interior acentuando el grosor de sus labios en un gesto propicio para la mamada, en la parada de autobús una pareja prácticamente desnuda quedaba inmortalizada en un beso de photoshop y plástico. Por la calle un grupo de adolescentes se daba la vuelta mientras comentaba en exaltada y babosa excitación el culo que tras unos cortos pantalones a cuadros y unas medias se marcaba en una esbelta mujer; su novio mirando hacia atrás con el ceño fruncido, diciéndole algo al oído, y ella haciendo una mueca de asco. Risas tontas, agudas, en un grupo de chicas al pasar el chico de chupa de cuero, camiseta ajustada y peinado perfecto. Abdominales marcados en la fachada de un edificio, a un metro por abdominal. Andares forzados, ridículos, pecho hacia afuera y músculos en tensión. Que se note.

Todo es un despliegue de artificios, una feria llena de luz y color con el tiempo contado, agotándose y renovándose día tras día. Lo nuevo, lo asentado, lo viejo y lo que no quiere reconocer que es viejo. Con una mezcla de propósitos, desde el autoestima hasta la seducción, impregnados de arriba a abajo de sexo. El instinto llamando, la supervivencia en la base de cualquier acción, pensamiento y sentimiento refinado. Cada idea un licor destilado directamente de nuestras vísceras.

A pesar de todo, de babear como uno más, de caer en las mismas trampas e ilusiones, termina pasando a un segundo plano. Lo que importa es estar caminando a solas entre tanta complicidad, tantas sonrisas, gritos y susurros. Esa sensación de estar perdiéndome un detalle, de que hay algo fundamental en el aire que se me escapa, que no comprendo. Que la ciudad respira una droga que ni es sexo ni amor, ni decadencia ni odio. Ir paso a paso hacia ninguna parte con un extraño desasosiego sin causa, pero siendo consciente de que está perfilándose a mi alrededor, un boceto de algo inmenso. Saber que la clave está cerca, en un estado mental. Tocarlo con la punta de mis pensamientos. Saborearlo.

Sin coordenadas, anotación al margen

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Song for Zula – Phosphorescent

No hay un rumbo fijo cuando despiertas y el primer pensamiento viene a tu cabeza. En contra de lo que puedas creer, no tienes por qué ponerte primero la zapatilla del pie derecho, dirigirte al servicio, cambiarte, desayunar e ir al trabajo. Puedes saltarte alguna de esas cosas, o cambiarlo todo. Puedes hacer algo completamente distinto. O nada, ni siquiera eso. Puedes simplemente mirar el cielo despejado, plagado de sólidas y refulgentes nubes un día frío y soleado. Cuando todo está dicho y hecho sólo tú tienes la palabra sobre la grandeza de tus actos. Contigo se irá tu mundo y nada de lo que nadie diga importará entonces.

Sabes que hay infinitos caminos y juegas a desplegarlos; estás en una encrucijada y andas un poco por cada elección para ver cómo te hace sentir. Sientes que no te encuentras, pero perderte no es más que otra posibilidad, la que estás eligiendo. Quieres más porque crees que en algún momento llegarás a algún sitio, que subconscientemente te estás dejando llevar a tumbos hasta un lugar que aún desconoces pero que es mejor que en el que estabas antes. Lo más importante es que sabes que no importa. Que por mucho que digas estás empezando a recuperar algo, a disfrutar de sensaciones que estaban sepultadas. De momento no es más que un indicio, una promesa en el aire, pero eso es más que suficiente.

Vuelven las luces, los bajos retumbando en tu cabeza, la irrealidad filtrándose entre tus neuronas. Vuelves a hablarte a ti mismo y a otra personas. Sin importar cómo ni por qué, intentando desaprender, desenterrándote, poco a poco, sin preocuparte por si terminarás de hacerlo.

Te cuesta escribir, y eso siempre fue una buena señal.

Soñarte

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Cough Syrup – Young the Giant

La luz del mediodía invernal entraba por las ventanas del salón bañando los muebles de un blanco resplandeciente. Tú estabas allí, y también ellos, hablando. Una conversación más, como las de siempre, otro día intentando arreglar la vida de un amigo a base de palabras, discusiones estériles pero entretenidas que nos hacían sentirnos mejores compañeros, más unidos y preocupados por el bienestar del otro. Todos estábamos de acuerdo en lo esencial pero nos perdíamos en los razonamientos, pasando los minutos entre posibilidades y especulaciones, imaginando por qué él no lo veía como nosotros.

El tiempo, como casi siempre que nos juntábamos, era algo irrelevante. La sensación de suspensión, de levitar dentro del reloj de arena, era todavía más aguda cuando respondías enardecida, defendiendo con pasión tu punto de vista con la seguridad del conocimiento. Ahora, desde la vigilia, es fácil decir que había una certeza de irrealidad, que la conversación, a pesar de escapárseme por las conexiones neuronales, no dejaba duda alguna sobre lo que estaba ocurriendo. Pero en ese momento, en ese lugar, era un día más, y tú estabas allí. Al menos hasta la siguiente frase.

Son las únicas palabras de las que me acuerdo con nitidez, el mazazo de la realidad irrumpiendo en mi casa imaginaria. En medio de la ascendente discusión, tu voz alzándose como las demás, pero no gritando, si no silenciando el resto de sonidos; mis oídos sordos a todo menos a tus tonos y cadencias. “Pero tiene que pasar página, estoy muerta”, dijiste.

“Estoy muerta”, mientras me miras y luego bajas la cabeza, mientras veo al sueño deshacerse, deshilacharse en tela negra a tu alrededor. Ahora sé que estoy durmiendo, vuelvo a descubrir con un vacío entre mis pulmones y el estómago que ya no estás ahí. Logro mantenerte un segundo más en mi campo de visión, aunque sólo veo tu pelo y tu pequeño cuerpo. Miras al suelo y yo quiero que me mires una vez más, volver a saber de tus ojos, pero mi cerebro te borra de nuevo, apresurado, consciente del error que ha cometido. La oscuridad te engulle, y aún permanezco por unos instantes sólo entre la nada, asimilando que ya no hay salón, no hay ellos, y sobre todo no hay tú.

Finalmente despierto y en mi cabeza hay una lucha entre el terrible peso de esas palabras saliendo de tu boca y la ansiedad por no perder la sensación de que aún eres. Atribulado vuelvo a cerrar los ojos, sabiendo que por mucho que lo intente no lograré reproducir ese atisbo de sentimiento. Sé, por otra parte, que esas once letras se me quedarán grabadas a fuego, que necesitaré escribir sobre ellas, y que lo haré y lo publicaré en un deleznable ejercicio de exhibicionismo. Porque al fin y al cabo eso es lo único que me queda, lo único que siempre tuve. Lo único que es mío.

Lo que falta

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Creep – Radiohead

Las comedias románticas, los finales bonitos, la sensación de esperanza, nada es igual sin el objeto de mis fantasías. Un torrente de añoranzas e ilusiones estampándose contra el dique de esta nueva realidad, cortando el disfrute de la imaginación a medio camino, cuando ni siquiera mi mente puede obrar milagros. Pierde el sentido, la dirección, un sentimiento que se queda flotando en mis pulmones, paralizado por la ausencia. Hasta que se deshace y se pierde, cortando por la mitad la luminosa sensación que hace no tanto me sobrecogía. Esa alegre melancolía que ya no tiene lugar, placer culpable, masoquista, que ahora cae en un pozo infinito. En silencio, apagado.

Quedarse a medias en el clímax de un colorín colorado, que el cuento que has estado escuchando desde pequeño, siempre el mismo aunque con diversas variaciones, deje de tener significado alguno. Oraciones despojadas de su fe, canciones sin melodía.

Demasiado tiempo dirigiendo los pensamientos al mismo lugar, demasiados “podría” proyectados en la hiperactividad de mi divagar. Demasiadas palabras escritas, conversaciones inventadas, mañanas exaltadas, con el recuerdo de un sueño aún latiendo en mi sien, sin la consciencia de que nada de eso ha sido verdad. Me puse a contar, a leer, y estabas en la mayoría de mis historias, guiando mis dedos por las teclas en el trance de crearte, una y otra vez, perfecta o maldita, diosa o condena. Un tiempo perdido, inutilizado. Sin propósito, pues ya no existe el lugar.

Una última imagen, nítida, grabada con cincel en el dique. Chocar una y una otra vez contra él esperando que se rompa. Un último abrazo, una última promesa. Imposible de cumplir, pues el tiempo que queda hasta entonces tiende ahora hasta infinito. La presa no como una metáfora, si no como una certeza.

Pero sobre todo que ya no pueda soltarme a imaginar. Que no pueda tomarme esa licencia. Que lo único que me quede sea una realidad baldía sin la posibilidad de lo inalcanzable, sin el “y si”, sin el “quizá”.

Tres puntos suspensivos

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Follow The Sun – Xavier Rudd

Un recuerdo. Un puto recuerdo. Una farsa. Nada más. Un dibujo que de tanto manosearlo terminará borrándose, los colores pegados a la hoja de papel desprendiéndose sin remedio, sin restauración posible. La certeza presentada ante mí por primera vez en mi vida en su versión más absoluta. El saber, con total seguridad, que nadie repasará esta vez las líneas de tus rasgos, que se perderán. No hay espacio alguno para la duda. Palabras que hasta ahora eran espejismos de conceptos vagos y lejanos se hacen tangibles, inmensas. Siempre. Nunca. Jamás. Imposible. Cuencos rellenándose con cada día que pasa, cada día que te desgastas.

Sin hueco a la esperanza, perdida para siempre. Ahogada en la boca del estómago cada vez que de forma refleja intenta salir. La estupidez de la costumbre. El cerebro reprogramándose, ajustando sus pensamientos y reacciones. Sigo escribiendo en segunda persona, pero esta vez hablo a un espacio vacío. La realidad era importante incluso en lo más profundo de mi imaginación, y esa realidad ya no es, ni será. No puedo hacerte verdad.

La mitad de mis pensamientos invalidados en un instante. Hábitos adquiridos desvaneciéndose hora tras hora. El tiempo, enemigo de mi tú. Me siento tentado a construir mil atardeceres, cien mil conversaciones, millones de personas para rodearte. Que mi mundo cobre tal entidad que te obligue a permanecer; pero sé que no es suficiente ni posible. Un interruptor se pulsó y no hay marcha atrás.

Pensar… y darme cuenta de que ya no tiene cabida. Restos de antiguos pensamientos que durante un momento… no hay momento. La indefinición de una mente endeble, olvidadiza, como oscuridad engulléndote. Y yo expectante. Y yo impotente.

Siempre. Nunca. Jamás. Imposible.

Lo que queda

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Can’t Pretend – Tom Odell

De tu pequeña boca, tus finos labios, intocables, escapa una diminuta nube de vaho que se deshace en menos de un segundo. Tus delgadas manos suben para cubrirte la cara, dejando sólo tus brillantes ojos bajo las farolas. Me miras con una extraña expresión de malicia mientras das pequeños botes para calentarte. Bajas los brazos y frotas una mano contra la otra, cada vez más rápido, y una sonrisa se descubre en tu rostro. Ligeramente torcida, acentuando la maliciosa complicidad. Sonrío yo también y parece que eso era lo que esperabas. Quiero darte un abrazo, impulso repentino salido de lo más profundo de mi subconsciente, pero la razón me lo impide. No debo. O no puedo. O yo qué sé. Me paralizo, te observo divertido. Siento el oleaje alborotándose en mi pecho. Por eso es por lo que no puedo abazarte.

Horas de palabras pixeladas, de conversaciones sin fin ni propósito. Te vacías sobre la pantalla de mi ordenador y yo te leo. Intento que saques algo positivo, pero ambos sabemos que es inútil. El acto en sí de hablar al menos te alivia, o eso me digo según te voy preguntando y profundizando. Siempre intentando comprender. Esencialmente iguales. Fundamentalmente distintos. Repites los pensamientos que una vez pensé e intento llevarte por atajos que aprendí a tomar, pero es complicado hacértelos ver. Fue complicado verlos, y ni siquiera estoy seguro de seguir tomándolos. Sé que lo que te pido es imposible, que mis palabras no lograrán nada más allá de una reflexión puntual. El tiempo pasa y siempre tiene que llegar el momento de que sea tarde para alguno de los dos. Creo que esto nos une, nos acerca. Creo que creo mal.

Tus brazos me rodean como dos palillos. La música suena alta, atronando en mis oídos. Siento algo que ya sentí con otro abrazo, con otra persona. Algo que no debería sentir, que ya creía olvidado. Nos balanceamos acompasados, hablando de nimiedades. Mis brazos parecen a punto de romperte. Tu risa, cerca de mis oídos, todo tu cuerpo sacudiéndose por ella. Tan pequeña y tan inmensa. Soy consciente del error que acabo de cometer mientras te separas de mi y me sonríes con la mirada. Puedo prever lo que vendrá.

La oscuridad. Profunda, arraigada, tortuosa, ineludible. Pero eso ya no importa.

Ahí arriba sólo el atardecer importa. Ya te acepté y me acepté a mí contigo y siento que quizá mi cerebro pueda llegar a normalizarlo. Rojo, naranja, amarillo y azul destilándose unos sobre otros en una orgía de melancolía. Como todas las veces algo se llena dentro de mí, y al ver el fuego del sol reflejado en tus iris, tiñiendo de rojo tus rasgos, sonrío, pero sólo mentalmente. Choco mi hombro derecho contra tu pequeño y frágil hombro izquiero, levemente, y después paso mi mano hasta rodearte la espalda y apretarte sutilmente, un instante, para después soltarte. Eso es todo lo que me permito. Oigo tu voz, feliz, hablándome de lo que te espera. Te veo ilusionada por primera vez en mucho tiempo y yo me ilusiono contigo. Después de purgar mi quererte puedo alegrarme por ti. Al fin. Ser quien debo para ti. Tu pelo ondula sobre tus cejas, cayendo sobre las perfectas curvas de tu cuello. Aparto la mirada. Suficiente.

Tu sonrisa sincera, tus ojos cerrándose mientras te echas hacia adelante. El sonido gracioso de tu voz. Tus pómulos acentuándose. Tu mirada esquiva, a veces inocente y a veces perdida. Tu eterna vacilación, tu temible determinación. Tu divagar y tu compartida crueldad. Tu escondido yo, tras tu escondido yo, tras tu escondido yo…

Tú, en todo tu esplendor. Tu infinitud. Tu eternidad. Siempre tú.