Soñarte

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Cough Syrup – Young the Giant

La luz del mediodía invernal entraba por las ventanas del salón bañando los muebles de un blanco resplandeciente. Tú estabas allí, y también ellos, hablando. Una conversación más, como las de siempre, otro día intentando arreglar la vida de un amigo a base de palabras, discusiones estériles pero entretenidas que nos hacían sentirnos mejores compañeros, más unidos y preocupados por el bienestar del otro. Todos estábamos de acuerdo en lo esencial pero nos perdíamos en los razonamientos, pasando los minutos entre posibilidades y especulaciones, imaginando por qué él no lo veía como nosotros.

El tiempo, como casi siempre que nos juntábamos, era algo irrelevante. La sensación de suspensión, de levitar dentro del reloj de arena, era todavía más aguda cuando respondías enardecida, defendiendo con pasión tu punto de vista con la seguridad del conocimiento. Ahora, desde la vigilia, es fácil decir que había una certeza de irrealidad, que la conversación, a pesar de escapárseme por las conexiones neuronales, no dejaba duda alguna sobre lo que estaba ocurriendo. Pero en ese momento, en ese lugar, era un día más, y tú estabas allí. Al menos hasta la siguiente frase.

Son las únicas palabras de las que me acuerdo con nitidez, el mazazo de la realidad irrumpiendo en mi casa imaginaria. En medio de la ascendente discusión, tu voz alzándose como las demás, pero no gritando, si no silenciando el resto de sonidos; mis oídos sordos a todo menos a tus tonos y cadencias. “Pero tiene que pasar página, estoy muerta”, dijiste.

“Estoy muerta”, mientras me miras y luego bajas la cabeza, mientras veo al sueño deshacerse, deshilacharse en tela negra a tu alrededor. Ahora sé que estoy durmiendo, vuelvo a descubrir con un vacío entre mis pulmones y el estómago que ya no estás ahí. Logro mantenerte un segundo más en mi campo de visión, aunque sólo veo tu pelo y tu pequeño cuerpo. Miras al suelo y yo quiero que me mires una vez más, volver a saber de tus ojos, pero mi cerebro te borra de nuevo, apresurado, consciente del error que ha cometido. La oscuridad te engulle, y aún permanezco por unos instantes sólo entre la nada, asimilando que ya no hay salón, no hay ellos, y sobre todo no hay tú.

Finalmente despierto y en mi cabeza hay una lucha entre el terrible peso de esas palabras saliendo de tu boca y la ansiedad por no perder la sensación de que aún eres. Atribulado vuelvo a cerrar los ojos, sabiendo que por mucho que lo intente no lograré reproducir ese atisbo de sentimiento. Sé, por otra parte, que esas once letras se me quedarán grabadas a fuego, que necesitaré escribir sobre ellas, y que lo haré y lo publicaré en un deleznable ejercicio de exhibicionismo. Porque al fin y al cabo eso es lo único que me queda, lo único que siempre tuve. Lo único que es mío.

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Lo que falta

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Creep – Radiohead

Las comedias románticas, los finales bonitos, la sensación de esperanza, nada es igual sin el objeto de mis fantasías. Un torrente de añoranzas e ilusiones estampándose contra el dique de esta nueva realidad, cortando el disfrute de la imaginación a medio camino, cuando ni siquiera mi mente puede obrar milagros. Pierde el sentido, la dirección, un sentimiento que se queda flotando en mis pulmones, paralizado por la ausencia. Hasta que se deshace y se pierde, cortando por la mitad la luminosa sensación que hace no tanto me sobrecogía. Esa alegre melancolía que ya no tiene lugar, placer culpable, masoquista, que ahora cae en un pozo infinito. En silencio, apagado.

Quedarse a medias en el clímax de un colorín colorado, que el cuento que has estado escuchando desde pequeño, siempre el mismo aunque con diversas variaciones, deje de tener significado alguno. Oraciones despojadas de su fe, canciones sin melodía.

Demasiado tiempo dirigiendo los pensamientos al mismo lugar, demasiados “podría” proyectados en la hiperactividad de mi divagar. Demasiadas palabras escritas, conversaciones inventadas, mañanas exaltadas, con el recuerdo de un sueño aún latiendo en mi sien, sin la consciencia de que nada de eso ha sido verdad. Me puse a contar, a leer, y estabas en la mayoría de mis historias, guiando mis dedos por las teclas en el trance de crearte, una y otra vez, perfecta o maldita, diosa o condena. Un tiempo perdido, inutilizado. Sin propósito, pues ya no existe el lugar.

Una última imagen, nítida, grabada con cincel en el dique. Chocar una y una otra vez contra él esperando que se rompa. Un último abrazo, una última promesa. Imposible de cumplir, pues el tiempo que queda hasta entonces tiende ahora hasta infinito. La presa no como una metáfora, si no como una certeza.

Pero sobre todo que ya no pueda soltarme a imaginar. Que no pueda tomarme esa licencia. Que lo único que me quede sea una realidad baldía sin la posibilidad de lo inalcanzable, sin el “y si”, sin el “quizá”.

Tres puntos suspensivos

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Follow The Sun – Xavier Rudd

Un recuerdo. Un puto recuerdo. Una farsa. Nada más. Un dibujo que de tanto manosearlo terminará borrándose, los colores pegados a la hoja de papel desprendiéndose sin remedio, sin restauración posible. La certeza presentada ante mí por primera vez en mi vida en su versión más absoluta. El saber, con total seguridad, que nadie repasará esta vez las líneas de tus rasgos, que se perderán. No hay espacio alguno para la duda. Palabras que hasta ahora eran espejismos de conceptos vagos y lejanos se hacen tangibles, inmensas. Siempre. Nunca. Jamás. Imposible. Cuencos rellenándose con cada día que pasa, cada día que te desgastas.

Sin hueco a la esperanza, perdida para siempre. Ahogada en la boca del estómago cada vez que de forma refleja intenta salir. La estupidez de la costumbre. El cerebro reprogramándose, ajustando sus pensamientos y reacciones. Sigo escribiendo en segunda persona, pero esta vez hablo a un espacio vacío. La realidad era importante incluso en lo más profundo de mi imaginación, y esa realidad ya no es, ni será. No puedo hacerte verdad.

La mitad de mis pensamientos invalidados en un instante. Hábitos adquiridos desvaneciéndose hora tras hora. El tiempo, enemigo de mi tú. Me siento tentado a construir mil atardeceres, cien mil conversaciones, millones de personas para rodearte. Que mi mundo cobre tal entidad que te obligue a permanecer; pero sé que no es suficiente ni posible. Un interruptor se pulsó y no hay marcha atrás.

Pensar… y darme cuenta de que ya no tiene cabida. Restos de antiguos pensamientos que durante un momento… no hay momento. La indefinición de una mente endeble, olvidadiza, como oscuridad engulléndote. Y yo expectante. Y yo impotente.

Siempre. Nunca. Jamás. Imposible.

Lo que queda

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Can’t Pretend – Tom Odell

De tu pequeña boca, tus finos labios, intocables, escapa una diminuta nube de vaho que se deshace en menos de un segundo. Tus delgadas manos suben para cubrirte la cara, dejando sólo tus brillantes ojos bajo las farolas. Me miras con una extraña expresión de malicia mientras das pequeños botes para calentarte. Bajas los brazos y frotas una mano contra la otra, cada vez más rápido, y una sonrisa se descubre en tu rostro. Ligeramente torcida, acentuando la maliciosa complicidad. Sonrío yo también y parece que eso era lo que esperabas. Quiero darte un abrazo, impulso repentino salido de lo más profundo de mi subconsciente, pero la razón me lo impide. No debo. O no puedo. O yo qué sé. Me paralizo, te observo divertido. Siento el oleaje alborotándose en mi pecho. Por eso es por lo que no puedo abazarte.

Horas de palabras pixeladas, de conversaciones sin fin ni propósito. Te vacías sobre la pantalla de mi ordenador y yo te leo. Intento que saques algo positivo, pero ambos sabemos que es inútil. El acto en sí de hablar al menos te alivia, o eso me digo según te voy preguntando y profundizando. Siempre intentando comprender. Esencialmente iguales. Fundamentalmente distintos. Repites los pensamientos que una vez pensé e intento llevarte por atajos que aprendí a tomar, pero es complicado hacértelos ver. Fue complicado verlos, y ni siquiera estoy seguro de seguir tomándolos. Sé que lo que te pido es imposible, que mis palabras no lograrán nada más allá de una reflexión puntual. El tiempo pasa y siempre tiene que llegar el momento de que sea tarde para alguno de los dos. Creo que esto nos une, nos acerca. Creo que creo mal.

Tus brazos me rodean como dos palillos. La música suena alta, atronando en mis oídos. Siento algo que ya sentí con otro abrazo, con otra persona. Algo que no debería sentir, que ya creía olvidado. Nos balanceamos acompasados, hablando de nimiedades. Mis brazos parecen a punto de romperte. Tu risa, cerca de mis oídos, todo tu cuerpo sacudiéndose por ella. Tan pequeña y tan inmensa. Soy consciente del error que acabo de cometer mientras te separas de mi y me sonríes con la mirada. Puedo prever lo que vendrá.

La oscuridad. Profunda, arraigada, tortuosa, ineludible. Pero eso ya no importa.

Ahí arriba sólo el atardecer importa. Ya te acepté y me acepté a mí contigo y siento que quizá mi cerebro pueda llegar a normalizarlo. Rojo, naranja, amarillo y azul destilándose unos sobre otros en una orgía de melancolía. Como todas las veces algo se llena dentro de mí, y al ver el fuego del sol reflejado en tus iris, tiñiendo de rojo tus rasgos, sonrío, pero sólo mentalmente. Choco mi hombro derecho contra tu pequeño y frágil hombro izquiero, levemente, y después paso mi mano hasta rodearte la espalda y apretarte sutilmente, un instante, para después soltarte. Eso es todo lo que me permito. Oigo tu voz, feliz, hablándome de lo que te espera. Te veo ilusionada por primera vez en mucho tiempo y yo me ilusiono contigo. Después de purgar mi quererte puedo alegrarme por ti. Al fin. Ser quien debo para ti. Tu pelo ondula sobre tus cejas, cayendo sobre las perfectas curvas de tu cuello. Aparto la mirada. Suficiente.

Tu sonrisa sincera, tus ojos cerrándose mientras te echas hacia adelante. El sonido gracioso de tu voz. Tus pómulos acentuándose. Tu mirada esquiva, a veces inocente y a veces perdida. Tu eterna vacilación, tu temible determinación. Tu divagar y tu compartida crueldad. Tu escondido yo, tras tu escondido yo, tras tu escondido yo…

Tú, en todo tu esplendor. Tu infinitud. Tu eternidad. Siempre tú.

 

Retazos

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Free Bird – Lynyrd Skynyrd

Igual. “Igual” no tiene sentido. Palabra absurda. Palabra imbécil. Sus entrañas arrancadas, sus vísceras esparcidas por el pozo de la ficción. Como un aviso. “No escribir”. Una amenaza directa.

Nada. “Nada” tiene significado. “Nada” es algo. “Nada” entiende, acompaña, conforta. Sabe. Escucha. Permanece. Intenta devolverte al luminoso vacío, borrando la oscura tinta que lo impregna todo. La pluma que se mueve sola.

Gotas de lluvia. Golpean rítmicamente el paraguas roto. El viento lo hace trizas. Se desintegra. Se eleva. Hasta desaparecer entre las nubes de tormenta. Cientos de rayos cargando sus metálicas varillas al unísono. Frágil entre el caos. Permanente.

Unos tacones atronando el infinito pasillo en un retumbante claqueo. Cuadros de millones de personas en las paredes, pasando por mis puntos ciegos a razón de veinte por paso. Diminutos retratos. El presente allí, a lo lejos, el pasillo cada vez más pequeño. Involuciono a reptil y el claqueo continúa. Impasible. Indefinido. Invisible.

Ya no hay segunda persona del singular. Hay un plural difuminado, demasiado débil. Los pensamientos pasan a través de él. Falta una imagen nítida que los detenga. Una mirada. Unos rasgos. No hay monólogos con objetivo. Sólo murmullo. Sólo corriente. Sólo mar revuelta.

Estasis

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Together – The xx

Una habitación acolchada, un colchón mullido. Un sofá amplio. Una manta. Unas paredes insonorizadas. Un grito mudo. El peso de la comodidad, la sedante procrastinación de la vida. Nadar entre capas de sábanas, en un mar de atenuación, el sordo crujir de unos huesos no acostumbrados a moverse.

Una ventana desde la que ver el mundo, una pantalla por la que sentirlo. El volumen bajo, los ojos entrecerrados. La respiración pausada, pulmones relajados. Una sensación sedosa en la piel, el pelo despeinado, la ropa ancha, apenas perceptible.

El resto del universo va a cámara rápida. También a cámara lenta.

Las pupilas se dilatan, al igual que lo hacen los sueños. Se despliegan en una etérea tela de araña que conforma el aire, el agua, la comida.

Los años carecen de significado, los días son parpadeos y bostezos. Los brazos extendidos, las manos cerrándose sobre las blandas arrugas de la almohada.

Los rayos de luz cuelgan del sol y se quedan flotando por toda la habitación, las diminutas partículas de polvo movidas por un imperceptible impulso de permanencia.

El líquido amniótico de la desidia, las palabras sólidas, en estasis sobre la mesa.

Unos labios despegándose, desplazándose ligeramente. Intentan conseguir algo, producir pensamientos.

Las hojas caen, fuera. Luego reviven.

La garganta está demasiado lejos.

Las miradas se marchitan, las personas luchan y corren y se apasionan. Tras la ventana, intentan sentir.

El aliento no puede recorrer tan inabarcable distancia.

Más allá, los cerebros se esfuerzan en no reflexionar.

Ningún sonido sale. Nada.

Inalcanzable.

 

Por qué, si estás ahí…

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Wait – M83

Es cualquier cosa, es la sorpresa, lo inesperado. Es una foto, es un fragmento de unos segundos en una canción, es un reflejo, qué más da. Lo que importa es cómo golpea, cómo aparece de la nada y agarra. La tenaza que aprieta la caja torácica y la machaca. Lo que me jode es que ignore la situación. Que el contexto no sea más que una molesta tela de araña que aparta de un manotazo. Es un niño malcriado, sin respeto, que se presenta dando berridos en medio de un funeral. Es una traición, Judas escondido tras la tranquilidad de la sorda melancolía.

Lo único que hizo falta esta vez fue una imagen tuya. Típica, nada especial, excepto por la persona que te la hizo. No sabía quién era, pero tus ojos hablaban de él, pues sólo podía ser un hombre. Tu sonrisa, tu alegría, la cálida luz que inundaba la foto, todo era suyo. Nunca fuiste nada para mí y yo nunca fui nada para ti, pero verte resplandecer para alguien me hizo daño. Ciego y a tientas seguí viendo fotos tuyas mientras crecías ante mí cada vez más perfecta y radiante. Más que nunca, menos que en la siguiente instantánea.

Me pregunté por qué no te saludaría aquel día, por qué pretendí no verte. Me pregunté por qué antes de todo esto, cuando aún existía, no fui más simpático contigo, más abierto. Por qué buscaba palabras que no estaban ahí y temas de conversación que se negaban a comparecer. Imaginé cómo habría sido si yo hubiese sido más sincero, más directo, si hubiese aprovechado la pequeña oportunidad que me diste. Porque no somos tan diferentes, lo sé. Siento que sientes igual que yo, con los mismos latidos y las mismas pulsiones. Sé que nuestros ojos ven las mismas formas, los mismos colores, que nuestras palabras son igual de testarudas en su encierro. Lo sabía entonces, lo sabía cuando te vi aquella tarde, lo sé ahora mientras acaricio estúpidamente la pantalla del ordenador. Como si una cámara me estuviese grabando, el pobre protragonista de una tonta comedia romántica, ese gilipollas que si saliese de la pantalla a caminar entre las sombras se suicidaría a los pocos días.

No es por ti en particular, aunque ahora mismo lo sea, aunque ahora quiera decirte que me encantan tu boca, tus labios, tus ojos; aunque me gustaría encontrarme otra vez contigo y, ahora sí, pararte y dejarte con los ojos abiertos, pensando que de qué voy, que a qué viene esto. Es por ti y muchas otras, es por mí y mi hiperactiva imaginación, alimentada de ficciones sin correspondencia alguna en la vida real.

Aún así, la pregunta sigue siendo válida. Sé que hay algo en nuestras entrañas, en los recovecos de nuestros pensamientos, que nos une, que nos hace iguales. Tengo la certeza de que las palabras adecuadas podrían haber funcionado, de que podría haberme ahorrado años de vacío si te hubiese abrazado o te hubiese mirado de una forma distinta. Incluso ahora creo que podría pasar, que esa llave sigue estando ahí y que podría encontrarla si buscase lo suficiente, si arriesgase algo. Pero no lo hago. Esa es la clave. El por qué, si estás ahí, no extiendo el brazo y te tiendo la mano en confesión. Por qué no doy un paso, y otro, y poco a poco me acerco a ti. O simplemente salto. Por qué no digo todo esto que sin embargo no tengo ningún problema en escribir.

Es una punzada, un instante, un momento, aunque aquí parezcan quinientas setenta y cinco palabras. Pasan rápido, apenas dejan huella. Se disuelven en los siguientes minutos y horas hasta desaparecer. Sobre este fondo blanco, eléctrico, no son más que píxeles sin ningún significado. Y aún así… Aún así te miro y eres única en tu belleza.