Lo que queda

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Can’t Pretend – Tom Odell

De tu pequeña boca, tus finos labios, intocables, escapa una diminuta nube de vaho que se deshace en menos de un segundo. Tus delgadas manos suben para cubrirte la cara, dejando sólo tus brillantes ojos bajo las farolas. Me miras con una extraña expresión de malicia mientras das pequeños botes para calentarte. Bajas los brazos y frotas una mano contra la otra, cada vez más rápido, y una sonrisa se descubre en tu rostro. Ligeramente torcida, acentuando la maliciosa complicidad. Sonrío yo también y parece que eso era lo que esperabas. Quiero darte un abrazo, impulso repentino salido de lo más profundo de mi subconsciente, pero la razón me lo impide. No debo. O no puedo. O yo qué sé. Me paralizo, te observo divertido. Siento el oleaje alborotándose en mi pecho. Por eso es por lo que no puedo abazarte.

Horas de palabras pixeladas, de conversaciones sin fin ni propósito. Te vacías sobre la pantalla de mi ordenador y yo te leo. Intento que saques algo positivo, pero ambos sabemos que es inútil. El acto en sí de hablar al menos te alivia, o eso me digo según te voy preguntando y profundizando. Siempre intentando comprender. Esencialmente iguales. Fundamentalmente distintos. Repites los pensamientos que una vez pensé e intento llevarte por atajos que aprendí a tomar, pero es complicado hacértelos ver. Fue complicado verlos, y ni siquiera estoy seguro de seguir tomándolos. Sé que lo que te pido es imposible, que mis palabras no lograrán nada más allá de una reflexión puntual. El tiempo pasa y siempre tiene que llegar el momento de que sea tarde para alguno de los dos. Creo que esto nos une, nos acerca. Creo que creo mal.

Tus brazos me rodean como dos palillos. La música suena alta, atronando en mis oídos. Siento algo que ya sentí con otro abrazo, con otra persona. Algo que no debería sentir, que ya creía olvidado. Nos balanceamos acompasados, hablando de nimiedades. Mis brazos parecen a punto de romperte. Tu risa, cerca de mis oídos, todo tu cuerpo sacudiéndose por ella. Tan pequeña y tan inmensa. Soy consciente del error que acabo de cometer mientras te separas de mi y me sonríes con la mirada. Puedo prever lo que vendrá.

La oscuridad. Profunda, arraigada, tortuosa, ineludible. Pero eso ya no importa.

Ahí arriba sólo el atardecer importa. Ya te acepté y me acepté a mí contigo y siento que quizá mi cerebro pueda llegar a normalizarlo. Rojo, naranja, amarillo y azul destilándose unos sobre otros en una orgía de melancolía. Como todas las veces algo se llena dentro de mí, y al ver el fuego del sol reflejado en tus iris, tiñiendo de rojo tus rasgos, sonrío, pero sólo mentalmente. Choco mi hombro derecho contra tu pequeño y frágil hombro izquiero, levemente, y después paso mi mano hasta rodearte la espalda y apretarte sutilmente, un instante, para después soltarte. Eso es todo lo que me permito. Oigo tu voz, feliz, hablándome de lo que te espera. Te veo ilusionada por primera vez en mucho tiempo y yo me ilusiono contigo. Después de purgar mi quererte puedo alegrarme por ti. Al fin. Ser quien debo para ti. Tu pelo ondula sobre tus cejas, cayendo sobre las perfectas curvas de tu cuello. Aparto la mirada. Suficiente.

Tu sonrisa sincera, tus ojos cerrándose mientras te echas hacia adelante. El sonido gracioso de tu voz. Tus pómulos acentuándose. Tu mirada esquiva, a veces inocente y a veces perdida. Tu eterna vacilación, tu temible determinación. Tu divagar y tu compartida crueldad. Tu escondido yo, tras tu escondido yo, tras tu escondido yo…

Tú, en todo tu esplendor. Tu infinitud. Tu eternidad. Siempre tú.

 

Retazos

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Free Bird – Lynyrd Skynyrd

Igual. “Igual” no tiene sentido. Palabra absurda. Palabra imbécil. Sus entrañas arrancadas, sus vísceras esparcidas por el pozo de la ficción. Como un aviso. “No escribir”. Una amenaza directa.

Nada. “Nada” tiene significado. “Nada” es algo. “Nada” entiende, acompaña, conforta. Sabe. Escucha. Permanece. Intenta devolverte al luminoso vacío, borrando la oscura tinta que lo impregna todo. La pluma que se mueve sola.

Gotas de lluvia. Golpean rítmicamente el paraguas roto. El viento lo hace trizas. Se desintegra. Se eleva. Hasta desaparecer entre las nubes de tormenta. Cientos de rayos cargando sus metálicas varillas al unísono. Frágil entre el caos. Permanente.

Unos tacones atronando el infinito pasillo en un retumbante claqueo. Cuadros de millones de personas en las paredes, pasando por mis puntos ciegos a razón de veinte por paso. Diminutos retratos. El presente allí, a lo lejos, el pasillo cada vez más pequeño. Involuciono a reptil y el claqueo continúa. Impasible. Indefinido. Invisible.

Ya no hay segunda persona del singular. Hay un plural difuminado, demasiado débil. Los pensamientos pasan a través de él. Falta una imagen nítida que los detenga. Una mirada. Unos rasgos. No hay monólogos con objetivo. Sólo murmullo. Sólo corriente. Sólo mar revuelta.

Estasis

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Together – The xx

Una habitación acolchada, un colchón mullido. Un sofá amplio. Una manta. Unas paredes insonorizadas. Un grito mudo. El peso de la comodidad, la sedante procrastinación de la vida. Nadar entre capas de sábanas, en un mar de atenuación, el sordo crujir de unos huesos no acostumbrados a moverse.

Una ventana desde la que ver el mundo, una pantalla por la que sentirlo. El volumen bajo, los ojos entrecerrados. La respiración pausada, pulmones relajados. Una sensación sedosa en la piel, el pelo despeinado, la ropa ancha, apenas perceptible.

El resto del universo va a cámara rápida. También a cámara lenta.

Las pupilas se dilatan, al igual que lo hacen los sueños. Se despliegan en una etérea tela de araña que conforma el aire, el agua, la comida.

Los años carecen de significado, los días son parpadeos y bostezos. Los brazos extendidos, las manos cerrándose sobre las blandas arrugas de la almohada.

Los rayos de luz cuelgan del sol y se quedan flotando por toda la habitación, las diminutas partículas de polvo movidas por un imperceptible impulso de permanencia.

El líquido amniótico de la desidia, las palabras sólidas, en estasis sobre la mesa.

Unos labios despegándose, desplazándose ligeramente. Intentan conseguir algo, producir pensamientos.

Las hojas caen, fuera. Luego reviven.

La garganta está demasiado lejos.

Las miradas se marchitan, las personas luchan y corren y se apasionan. Tras la ventana, intentan sentir.

El aliento no puede recorrer tan inabarcable distancia.

Más allá, los cerebros se esfuerzan en no reflexionar.

Ningún sonido sale. Nada.

Inalcanzable.

 

Por qué, si estás ahí…

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Wait – M83

Es cualquier cosa, es la sorpresa, lo inesperado. Es una foto, es un fragmento de unos segundos en una canción, es un reflejo, qué más da. Lo que importa es cómo golpea, cómo aparece de la nada y agarra. La tenaza que aprieta la caja torácica y la machaca. Lo que me jode es que ignore la situación. Que el contexto no sea más que una molesta tela de araña que aparta de un manotazo. Es un niño malcriado, sin respeto, que se presenta dando berridos en medio de un funeral. Es una traición, Judas escondido tras la tranquilidad de la sorda melancolía.

Lo único que hizo falta esta vez fue una imagen tuya. Típica, nada especial, excepto por la persona que te la hizo. No sabía quién era, pero tus ojos hablaban de él, pues sólo podía ser un hombre. Tu sonrisa, tu alegría, la cálida luz que inundaba la foto, todo era suyo. Nunca fuiste nada para mí y yo nunca fui nada para ti, pero verte resplandecer para alguien me hizo daño. Ciego y a tientas seguí viendo fotos tuyas mientras crecías ante mí cada vez más perfecta y radiante. Más que nunca, menos que en la siguiente instantánea.

Me pregunté por qué no te saludaría aquel día, por qué pretendí no verte. Me pregunté por qué antes de todo esto, cuando aún existía, no fui más simpático contigo, más abierto. Por qué buscaba palabras que no estaban ahí y temas de conversación que se negaban a comparecer. Imaginé cómo habría sido si yo hubiese sido más sincero, más directo, si hubiese aprovechado la pequeña oportunidad que me diste. Porque no somos tan diferentes, lo sé. Siento que sientes igual que yo, con los mismos latidos y las mismas pulsiones. Sé que nuestros ojos ven las mismas formas, los mismos colores, que nuestras palabras son igual de testarudas en su encierro. Lo sabía entonces, lo sabía cuando te vi aquella tarde, lo sé ahora mientras acaricio estúpidamente la pantalla del ordenador. Como si una cámara me estuviese grabando, el pobre protragonista de una tonta comedia romántica, ese gilipollas que si saliese de la pantalla a caminar entre las sombras se suicidaría a los pocos días.

No es por ti en particular, aunque ahora mismo lo sea, aunque ahora quiera decirte que me encantan tu boca, tus labios, tus ojos; aunque me gustaría encontrarme otra vez contigo y, ahora sí, pararte y dejarte con los ojos abiertos, pensando que de qué voy, que a qué viene esto. Es por ti y muchas otras, es por mí y mi hiperactiva imaginación, alimentada de ficciones sin correspondencia alguna en la vida real.

Aún así, la pregunta sigue siendo válida. Sé que hay algo en nuestras entrañas, en los recovecos de nuestros pensamientos, que nos une, que nos hace iguales. Tengo la certeza de que las palabras adecuadas podrían haber funcionado, de que podría haberme ahorrado años de vacío si te hubiese abrazado o te hubiese mirado de una forma distinta. Incluso ahora creo que podría pasar, que esa llave sigue estando ahí y que podría encontrarla si buscase lo suficiente, si arriesgase algo. Pero no lo hago. Esa es la clave. El por qué, si estás ahí, no extiendo el brazo y te tiendo la mano en confesión. Por qué no doy un paso, y otro, y poco a poco me acerco a ti. O simplemente salto. Por qué no digo todo esto que sin embargo no tengo ningún problema en escribir.

Es una punzada, un instante, un momento, aunque aquí parezcan quinientas setenta y cinco palabras. Pasan rápido, apenas dejan huella. Se disuelven en los siguientes minutos y horas hasta desaparecer. Sobre este fondo blanco, eléctrico, no son más que píxeles sin ningún significado. Y aún así… Aún así te miro y eres única en tu belleza.

Fantasma del verano

Desde entonces todos los veranos tienen algo de ti. Las flores exhalan tu perfume en sutil forma, como pequeñas piezas de tu olor que pudiese ir recogiendo y acumulando hasta volver a tenerte entre mis brazos. En ellas están también los vivos colores de tu sonrisa y la alegría de tus ojos juguetones. Las miro hasta que embelesado me doy cuenta de que si sigo haciéndolo volveré a enamorarme de ti a través de ellas. Transferencia de belleza.

En el aire están tus susurros en mi oído y en el calor el calor de tu cuerpo. Cuando me acuesto casi te materializas a mi lado: imagino que es invierno y que eres tú la que hace que no necesite ropa, ni mantas, ni sábanas. En las tormentas oigo tus gemidos y tus orgasmos , y mi cama se mueve y vibra como aquellas interminables noches de rendir el sueño al amor. El viento se levanta y tus “te quiero” me rodean y me despeinan igual que hacías tú siempre que me veías: “tan repeinado…”. Una punzada en el corazón, una leve falta de aire en mis pulmones cuando tu voz se convierte en una instantánea realidad, y con ella tus labios, las pequeñas cavidades a los lados de tu boca cuando se curva y se amplía, tus ojos brillando. Se proyecta transparente en la nada, delirio en el desierto.

Hay residuos de tus júbilos y tus tristezas, de tus gestos, de tus manos y tu cintura. Eres una presencia constante y amortiguada, trascendiendo mi día a día en un fondo azul y rojo. Calma y agitación. Lagos y tempestades. Me siento sudoroso y es la mezcla de nuestros sudores, tú sentada sobre mí y nuestros cuerpos desnudos resbalándose el uno contra el otro. Paseo y siempre estás a lo lejos, caminando hacia mí, esperando nuestro encuentro. Es tu lengua y no la mía la que se come mis helados, tu risa la que sale de mi garganta. Eres tú en todas partes, tú en los atardeces y su cielo ardiente. Tú en The Cure, en todas las mujeres que llaman mi atención. Tú, Verano, eterna, omnipresente.

La bruma

Invocar a la bruma y que me consuma.
Deshacerme en olvidos, sonidos, perdidos.
Que grite y marchite, revive y maldice;
que rompa deseos, que explote en silencios.

Nacida en el frío, podrida simiente,
ahogada en el río, del éter serpiente.
Niebla de ausencia, niebla que aquieta,
que mi humanidad me muerde y aprieta.

Vuelve y arraiga, demencia desgarras,
palabras amargas, sentidos acallas.
Apagas colores, los dulces sabores,
miedos y temblores, sueños y canciones.

Niebla sin vida, niebla perdida.
Niebla psicópata, tú, asesina.
Traes el vacío, la calma, el baldío,
deshaces en sordos grises el hastío.

Finges la brisa, el sol, la sonrisa,
acallas los ruidos de este nuevo día.
Tú que eres fácil, tú que no eliges,
tú que te llevas nostalgias felices.

Viniste de lejos, entrañas de hierros,
mi cuerpo engullido entre tus brazos tensos.
Escupe el dolor, la mirada, el veneno,
acuna al inerte en tus dedos de ciego.

Flotando en vacío, soñando en delirio,
tú, manto blanco, de ser mortecino.
Dormido entre gritos, susurro y destino,
me hundo sin lucha en sedante designio.

Anotación al margen de las historias de amor

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Dead Hearts – Stars

Son esas historias de amor, ilusas y con banda sonora, las que me hacen sentir como aquel día. Puedes reírte de mí y llamarme crío, puedes decirme que madure, que me deje de tonterías, pero he pasado demasiado tiempo conviviendo con esto que siento para saber lo que es. De hecho, si quieres saber la verdad, tuve que madurar para aceptar lo que es.

Supongo que es algo que se aprende, que si te pasas media vida inmerso en y fascinado por esas idealizadas relaciones, esos abrazos y besos, terminas asimilándolos y viviendo así. Puede que sea algo infantil, o algo por lo que compadecerse, igual que uno se compadece de aquél que no sabe de qué va el mundo y se sorprende cuando le golpea en el estómago. Quizá sea así, pero eso no lo hace menos real. Si te digo que es amor deberías creerme. He sufrido meses, amontonados en años, intentando quitarle importancia en una lucha absurda conmigo mismo de la que no podía escapar, hasta que comprendí que no podía seguir negándome.

Sólo tengo unos pocos minutos por aquí, unas cuantas horas por allí, con los que sentir algún tipo de consuelo. Eso y las películas, que me permiten reproducir ese sentimiento como si estuviese volviendo a ocurrir. Esa inmadurez que tanta gracia te hace, esa patética inocencia que me convierte en poco más que un necio, es todo lo que soy, todo lo que me queda. Déjame al menos tenerlo.